Durante todo el día, el Pyrenées, con su carga de fuego, fue avanzando por el espumeante mar. Al anochecer, se tendieron los sobrejuanetes y la embarcación se internó en las sombras, dejando tras de sí una estela de altas olas. El viento favorable había causado su efecto y los ánimos se elevaron mucho. En la segunda guardia, algún alma arrojada inició una canción y, a las ocho campanadas, cantaban todos los tripulantes.A media tarde, había desesperación y amotinamiento en la humeante cubierta. Las corrientes eran más rápidas, el viento más débil y el Pyrenées se desviaba al Oeste. El vigía distinguió Barclay de Tolley hacia Oriente, aunque tan sólo él, desde su elevado puesto, la podía divisar, y, durante varias horas, el buque intentó en vano alcanzarla. Como un espejismo, los cocoteros se mantuvieron en el horizonte, sólo visibles desde lo alto del palo mayor. A los de la cubierta, se los ocultaba la curvatura del mundo.
La casta de Mac Coy
Jack London

¡Rumbo al Oeste! Una docena de veces había enfilado el estrecho de Hornos, dejando el cabo al Este, a una docena de millas. Y, en cada una de esas ocasiones, el eterno viento del Oeste le había alcanzado de lleno, desviándole en dirección contraria. Se enfrentó a una galerna tras otra, hasta encontrarse a 64 grados al Sur, dentro del camino de los icebergs del Antártico. Llegó a ofrecer su alma inmortal a los Poderes de las Tinieblas a cambio de una simple brisa, de algún impulso que le permitiese tomar el rumbo adecuado. Pero siempre acababa encontrándose en el opuesto.
Rumbo oeste
Jack London
Jack London



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