
En una librería de Belgrano encontré dos libros con cuentos de Jack London. Este lo empecé a leer este fin de semana en la isla (el clima lluvioso se prestaba para para la lectura). Tiene cinco cuentos y entre ellos El Labrador marino.
El capitán MacElrath jamás se había sentido atraído por el mar. Este era, tan sólo, el modo de ganarse el sustento, su lugar de trabajo, lo mismo que para otros hombres lo son la fábrica, la tienda o el Banco. El ansia de viajar nunca le había envuelto en sus cantos de sirena y la aventura jamás le encendió su espesa sangre. Carecía de imaginación. Para él nada significaban las maravillas de las profundidades. Los tornados, los huracanes, el oleaje o las mareas, constituían otros tantos obstáculos en el rumbo de un buque e inconvenientes para su capitán; así únicamente los consideraba. Había visto, pero sin verlas, las muchas maravillas de tierras lejanas. Bajo sus párpados ardía la esplendorosa belleza de los mares tropicales o le mordían las cortantes galernas del Atlántico Norte y del Sur del Pacífico, pero sólo le recordaba mesas destrozadas, cubiertas barridas por el agua, cordajes arrancados, gasto excesivo de carbón, largas travesías y pintura fresca estropeada por la lluvia.
En una conversación del capitán con su esposa ella le cuenta un muy lindo "cuento".
— ¿Te acuerdas de Jimmy MacCaul? —indagó—. Venía al colegio con nosotros. Sí, Jimmy MacCaul que tiene la granja después de la casa del doctor Haythorn.
—Sí, ¿qué le ha ocurrido? ¿Ha muerto?
—No. Vino a preguntarle a tu padre, la última vez que zarpaste, si antes habías estado en Valparaíso. Cuando tu padre le dijo que no, Jimmy quiso saber:
«¿Y cómo va a encontrar el camino?» Y, entonces, tu padre le dijo: «Muy sencillo, Jimmy. Supón que te vas por tierra, a ver a un hombre que vive en Belfast. Belfast es una ciudad muy grande. ¿Cómo encontrarías el camino?» «Pues con la lengua —dijo el otro—. Se lo preguntaría a la gente con la que me cruzase.» «Ya te dije que era sencillo —respondió tu padre—. Del mismo modo encuentra mi Donald el camino de Valparaíso. Se lo va preguntando a los buques con los que se cruza, hasta que da con uno que ya ha estado en ese sitio y el capitán se lo indica.» Jimmy se rascó la cabeza y dijo que lo comprendía y que resultaba sencillo.
El capitán rió el chiste y sus cansados ojos azules se alegraron un instante.
—Sí, ¿qué le ha ocurrido? ¿Ha muerto?
—No. Vino a preguntarle a tu padre, la última vez que zarpaste, si antes habías estado en Valparaíso. Cuando tu padre le dijo que no, Jimmy quiso saber:
«¿Y cómo va a encontrar el camino?» Y, entonces, tu padre le dijo: «Muy sencillo, Jimmy. Supón que te vas por tierra, a ver a un hombre que vive en Belfast. Belfast es una ciudad muy grande. ¿Cómo encontrarías el camino?» «Pues con la lengua —dijo el otro—. Se lo preguntaría a la gente con la que me cruzase.» «Ya te dije que era sencillo —respondió tu padre—. Del mismo modo encuentra mi Donald el camino de Valparaíso. Se lo va preguntando a los buques con los que se cruza, hasta que da con uno que ya ha estado en ese sitio y el capitán se lo indica.» Jimmy se rascó la cabeza y dijo que lo comprendía y que resultaba sencillo.
El capitán rió el chiste y sus cansados ojos azules se alegraron un instante.
El labrador marino
Jack London




